Como siempre: cinismo e hipocresía

Como siempre: cinismo e hipocresía. Por Javier Barrio.

monja títere

(Fuente: diarioandaluciainformacion.es)

 

Lo ocurrido en Madrid la semana pasada con los titiriteros que fueron detenidos y encarcelados por haber, según las razones del juez que ordenó su prisión, enaltecido el terrorismo, es muy grave y merece una reflexión. Los dos artistas fueron contratados por el Ayuntamiento de la ciudad para representar una obra con motivo de los festejos del Carnaval. La hora y el género convocaron a numerosos niños con sus respectivos padres para disfrutar de la función. Los contenidos de la misma, satíricos y provocadores, escandalizaron a los susodichos padres -podemos imaginar que no a los niños, que no harían sino reírse, no captando el fondo crítico y subversivo de la representación- que alarmados llamaron a la policía denunciando la situación. Los agentes, raudos y solícitos como nunca, se personaron en el lugar del delito para llevarse detenidos a los titiriteros. El juez, por su parte, a instancias del fiscal, decretó prisión preventiva para estos por enaltecimiento del terrorismo. Graves cargos pesan sobre ellos y peticiones de condena delirantes. Parece ser que en el teatrillo aparecía una pancarta con el lema “Gora Alka-Eta”, o algo así: yo, a diferencia de cientos de periodistas y miles de ciudadanos de todos los rincones de España, no estuve allí, lo que narro es fruto de lo que he oído, por lo tanto, ha de ser puesto en cuestión inmediatamente. Los hechos, no obstante, son bien conocidos. Pasemos, pues, a la reflexión y a la crítica que pretendo expresar en este escrito. Empecemos con una pregunta, ¿qué hay de grave en todo lo relatado? ¿Por qué se hace eco La Ametralladora de un acontecimiento que no parece tan relevante como los muchos otros asuntos que salpican nuestra actualidad y que quizás sí tengan la importancia que se merecen unas cuantas reflexiones? Vayamos a ello.

Lo primero que llama la atención es la reacción de los protagonistas, excepción hecha de los artistas y de los niños, por supuesto. Parecen todos ellos confundir, como hiciera nuestro noble don Quijote, la realidad con la ficción. Solo que este ponía su confusión al servicio de la libertad y las causas más nobles, mientras que todos aquellos: padres, fiscal, juez y un nutrido grupo de periodistas, lo hacen al servicio de la censura y la represión. De nuevo despierta el inquisidor que siempre ha habitado y alentado nuestras mentalidades. Así ocurre que muy poca gente se ha percatado de que ocurriese lo que ocurriese en esa representación, era eso: una representación. La ficción nos cuenta las cosas como podrían haber ocurrido, no cómo lo hicieron. Por esta sencilla razón, que no debiera merecer más explicación, no se puede juzgar a nadie de enaltecer el terrorismo cuando son personajes inventados los que portan la pancarta de la discordia, o es un juez de mentira el que se ahorca o una monja falsa la que muere asesinada (sea lo que ocurriese en esa historia, que me trae sin cuidado). Pero estamos atravesando desde hace un tiempo límites y fronteras muy peligrosas. Con la redacción y la aprobación de la tristemente llamada “Ley Mordaza” cualquier conato de crítica o protesta, sea por el cauce que sea, pretende ser atajada con los métodos expeditivos de la detención y la cárcel. Se pretenden anular así la crítica y la denuncia, cualquier disensión que discuta o interrogue a las oligarquías mafiosas que se han adueñado del país y lo exprimen y parasitan, como siempre ha sido norma. Duran demasiado los “años bobos”, que dijo Galdós hace ya un tiempo.

Que la confusión entre realidad y ficción no lo es tal entre las oligarquías, es cosa sabida. Ellos distinguen muy bien y no dan puntada sin hilo. Lo que decepciona y desalienta (y nos anima a la deserción y el exilio) es que sí nos dejemos arrastrar por tal confusión los ciudadanos. Pensemos ahora en los padres que, solícitos, llamaron a la policía y que se escandalizaron por los contenidos subversivos, y degradantes a su entender, de la función. Son los mismos padres que están contribuyendo de primera mano a criar un ejército de pusilánimes, mojigatos y consentidos caprichosos que han logrado que uno huya despavorido de allí donde se encuentre un niño. Son los que les han privado de límites permitiéndoselo todo; los que los han convertido en el centro del mundo engordando su pequeño ego; los que han sustituido el respeto y las buenas maneras por la grosería y descortesía en su educación doméstica; los que les han desposeído de la infancia entregándoles tecnología y ocio de adultos en vez de juegos de niños; no hay nada tan terrible, hoy, en fin, como encontrarse en cualquier lugar –cine, terraza, tren, parque con títeres- a unos padres con sus niños. Y son dichos padres  quienes velan por la dignidad de sus vástagos porque estos, que se pasarán no tardando mucho las horas frente a videojuegos violentos o buscando solos en sus ordenadores o teléfonos móviles cuantos contenidos infamantes les ofrezca la red, han visto a unos muñecos de trapo puteándose un poquito y sacando una pancarta de dudosa lectura.

valle-inclán

(El genial Valle-Inclán)

Pero la gota que colma el vaso del asunto es la actitud de los medios de desinformación y manipulación que hemos de sufrir a diario en España. No puede uno sino pensar en Max Estrella en los sótanos de la Gobernación junto al joven anarquista catalán lamentando: “qué dirá mañana esa prensa canalla”. Informaciones falsas y no contrastadas, juicios de valor y opiniones precipitadas, proclamas e insultos, todos los disparates han llenado los diarios y las ondas. Uno de los peores males que aquejan a esta nación, y sobre lo que habrá de poner su punto de mira en sucesivas reflexiones La Ametralladora, es ese: la prensa, el cuarto poder, el ejército de fieles soldados de infantería que las oligarquías financian y emplean para su propaganda y defensa de los intereses más oscuros. Muy pocos –justo es señalar las excepciones-, han tenido la vergüenza de denunciar la tropelía y salir en defensa de dos ciudadanos que injustamente dormían en la cárcel, cuando tantos otros que debieran no lo hacen ni lo harán.

Y así, mientras una alcaldesa y unos concejales que parecen pedir perdón y avergonzarse de haber llegado al cargo escondían la cabeza debajo del ala, esa prensa canallesca y vergonzosa inventaba y juzgaba -sin ningún juicio- a dos artistas que no hicieron sino expresarse libremente, con mejor o peor gusto, y a los que entre todos hemos convertido en esa figura sobre la que volcamos toda nuestra mediocridad y conciencia de fracaso: el chivo expiatorio.

Nota final: Por cierto, del comportamiento de nuestras nobles señorías y dignos representantes parlamentarios en el asunto, me abstengo de opinar. No hay nada nuevo que pueda aportarse. Como siempre: cinismo e hipocresía.

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