La manipulación del lenguaje en la Alemania nazi

La manipulación del lenguaje en la Alemania nazi. Por Francisco Muriana. 

“¿Cuál era el medio de propaganda más potente del hitlerismo? ¿Eran los discursos individuales de Hitler y de Goebbels, (…) su agitación contra el judaísmo, contra el bolchevismo?”

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(Paul Joseph Goebbels)

Esta es la pregunta que se hizo un filólogo judío alemán, Victor Kemplerer en su libro La lengua del Tercer Reich para llegar a la conclusión de que no. Este catedrático de literatura francesa recuerda cómo la gente jugaba a las cartas o hablaba de temas banales mientras las radios emitían los discursos del Partido, que supuestamente todos escuchaban con la máxima atención. El nacionalsocialismo se introdujo en el cerebro de las masas con palabras y expresiones de uso cotidiano que terminaron por crear una determinada forma de ver la realidad o como dirían los nazis, una “cosmovisión”, una weltanschauung.

La característica básica de esta nueva lengua, la lengua del Tercer Reich era su pobreza. A pesar de toda su retórica, el lenguaje nacionalsocialista estaba lleno de tópicos que se repetían continuamente, y era precisamente esta pobreza lo que lo hacía tan poderoso, puesto que todo el mundo lo podía usar independientemente de su nivel cultural. No solo era cuestión del abuso de tópicos, sino sobre todo, del tono de voz, que era siempre el mismo. No se distinguía entre la lengua escrita y la hablada y, de hecho, los artículos de opinión podían servir perfectamente como discursos y viceversa, siendo este tono el de un agitador político permanentemente enfadado e indignado.

Esta es la causa profunda de la tremenda pobreza de la lengua del Tercer Reich: está dirigido a un único aspecto de la comunicación, a la invocación; es un lenguaje enfocado única y exclusivamente al fanatismo. Palabra que con su correspondiente adjetivo, fanático, era de las más usadas en el Tercer Reich. Ambos términos no son palabras de origen germánico, sino latino. Fanatisme y fanatique empezaron a ser utilizadas en sentido muy negativo durante la Ilustración francesa, alejándose de su sentido etimológico latino: fatum, que significa santuario o templo, para pasar a ser el fanático la persona que estaba sumida en un éxtasis religioso tan profundo que incluso perdía la capacidad de pensamiento.

De esta manera, en la Ilustración el fanático simbolizaba lo contrario a lo racional, que era lo más querido por los philosophes ilustrados. Y a pesar de que el Romanticismo, y sobre todo el alemán, valoraba profundamente la exaltación frente al dominio de la razón, el fanatismo continuó siendo una pasión mal vista, una especie de “pasión insana “ o “enfermiza”.

En germánico no existe una palabra con un significado igual, existen equivalentes como “acalorarse” eifern o “posesión” bessenheit (pero este es un estado patológico); “entusiasta”, schwärmer, se parece más, pero una persona entusiasta no es un fanático. Así que estamos hablando de un préstamo del francés que pasó al alemán con el mismo significado y valoración peyorativa.

Fue el Tercer Reich el que convirtió “fanático” en un superlativo de “valiente”, “entregado” o “constante” y este término pasó a significar una especie de unión de todas esas virtudes.

juventudes-hitlerianas (cartel propagandístico de la Juventudes Hitlerianas)

La palabra terminó infiltrándose en todos los ámbitos, por ejemplo un “amante apasionado” pasó a ser un “amante fanático”. Y esta palabra tan querida por el régimen nazi llegó a sufrir una auténtica pérdida de dignidad, puesto que todo el mundo la usaba en todas las ocasiones. Entonces hubo que buscar un superlativo para el antiguo superlativo y se empezó a hablar desde los medios oficiales de “fanatismo feroz”, como si hubiera un fanatismo tranquilo.

El sentido elogioso de la palabra no resistió la caída del régimen, y en cuanto el Reich desapareció, los alemanes dejaron de usarla en un sentido positivo. En realidad, la mentalidad fanática solo fue vista como una virtud por el nazismo.

Pero el lenguaje del Tercer Reich también se infiltró en la familia, la geografía y en todas las relaciones personales.

La ideología nazi no distinguía entre lo público y lo privado, así que evidentemente su concepción del mundo se introdujo en todos los aspectos de la vida, incluida la familia, y, dentro de esta, donde lo que hemos llamado el lenguaje del Tercer Reich es más visible en los nombres que recibían los niños. Ya existía una moda previa venida del Romanticismo y de lo wagneriano de poner nombres relacionados con la mitología nórdica, pero en la Alemania nazi pasó casi a ser una obligación, porque los nombres cristianos significaban que no se era lo suficientemente nacionalsocialista y los que venían del Antiguo Testamento estaban directamente prohibidos.

familia-nazi

(cartel de exaltación de la familias alemanas)

Todo esto provocaba situaciones absurdas. Por ejemplo, los miembros de las SS tenían que renegar de la Iglesia. Pero podía ocurrir que a una hija se la hubiera llamado Christa -atención a la “c”- cuando el padre era algo menos nazi; la solución era entonces cambiarle la letra inicial por una “k”. Como esto no era suficiente, se le añadía a la criatura un segundo nombre de la mitología nórdica. El problema es que algunos de estos nombres tenían un significado ridículo, como Heidrun, que era la cabra celestial en las sagas escandinavas, Los Edda. Esta cabra llevaba en las ubres hidromiel y perseguía fanáticamente al macho cabrío.

Otro aspecto en el que la lengua del Tercer Reich fue especialmente militante es el relativo a las denominaciones geográficas. El nacionalsocialismo decía defender las tradiciones germánicas, pero si estas no le cuadraban las eliminaba sin contemplaciones. Buena parte de Alemania estuvo colonizada por pueblos eslavos, del mismo tronco que los rusos o los polacos, como los wendos o sorabos, y este hecho se reflejaba en la toponimia de un modo similar a todas las villas “Villafranca de…” que en España recuerdan la inmigración franca durante la Edad Media vía Camino de Santiago. En Alemania había muchos lugares con el adjetivo wendisch que fueron, simplemente, eliminados. Se cambiaron miles de topónimos, y comarcas de la zona de Prusia Oriental fueron renovadas casi al cien por cien.

Lo mismo ocurría con las calles y, por supuesto, con las regiones. Adoptaron el término gau, que tenía resabios teutónicos medievales, sustituyendo al más moderno de provincia. La manipulación de la geografía en el Tercer Reich llegó a cambiar el nombre de países enteros para hacerlos asimilables a la Gran Alemania. De esta manera, Austria cambió de llamarse Österreich (que significa literalmente “Imperio del Este”) a Östmark, literalmente “Marca del Este”, lo que equivalía a transformarla en una parte fronteriza de Alemania en lugar de ser una entidad política de igual categoría. Llegaron incluso, en 1942, a cambiar este nombre por el de Donau und Alpenreichsgaue, para borrar todo recuerdo de Austria.

Otra característica, además del supuesto tradicionalismo del lenguaje nazi (siempre que la tradición real no chocara con la ideal), sería la rebaja en la dignidad de las personas. Un excelente ejemplo lo constituye el término gefolgschaft, una palabra del alemán antiguo que podemos traducir como “séquito”. Cuando una persona es empleada de alguien, esa persona es un trabajador… pero si una persona pertenece al séquito de alguien estamos hablando de un vasallo.

albert-einstein

(El premio Nobel, Albert Einstein)

Por supuesto, la lista de particularidades del lenguaje del Tercer Reich es muchísimo más extensa, como hablar de “física judía” para referirse a la Teoría de la Relatividad y así quitarle todo valor, o de “guerra judía” a la Segunda Guerra Mundial para, modificando el lenguaje, convertir a los agresores en agredidos. Pero estos ejemplos de manipulación del lenguaje son muy burdos y también muy conocidos, sobre todo por películas y se ha preferido sacar a la luz otros menos sabidos y más ingeniosos.

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2 comentarios en “La manipulación del lenguaje en la Alemania nazi

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