Memoria del curso escolar 2014-15.

Memoria del curso escolar 2014-2015. Por Javier Barrio. 

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(Viñeta de Quino, para la revista Siete Días Ilustrados).

Un curso escolar más se termina y con su final se constata que sí, que las cosas siempre van a peor en el sistema educativo español, al menos así es en el de la Comunidad de Madrid, que es el que yo conozco más de cerca. En este breve escrito, amago de memoria de fin de curso, me limitaré a reflexionar sobre los que considero los tres mayores males o venenos que están provocando el derrumbe y demolición definitiva –material, pero ante todo espiritual- de nuestro sistema educativo: la agresión y ataque de las administraciones públicas a sus propios trabajadores, el homicidio lingüístico que han dado en llamar “bilingüismo” y la deprimente y vergonzante respuesta que desde dentro hemos dado a tales agresiones.

Muchos han sido los diagnósticos dados y ofrecidos por gente de todo tipo y condición –ya se sabe que en este tema todo el mundo opina: el panadero, el cajero, el ingeniero, los políticos ignorantes, los tertulianos mentecatos televisivos y radiofónicos, de vez en cuando los propios profesionales de la enseñanza- y muchas son las verdades y los aciertos en tales diagnósticos. En efecto, son fallos de nuestro sistema educativo la falta de inversión y escasos recursos económicos destinados; el guirigay de leyes y decretos con los que los políticos han ido construyendo un caótico laberinto del que ni ellos mismos conocen la salida; la falta de implicación de los padres y familias en la educación de sus vástagos, pretendiendo que sea la escuela quien realice las tareas que a ellos, por su libremente escogida condición de padres, les corresponden; un profesorado aburguesado y apoltronado reticente a incorporarse a las novedades de un mundo en vertiginoso cambio… Todos tienen algo de razón y mucho de desacierto en cuanto dicen: los sindicatos, las asociaciones de padres, los nuevos ministros y consejeros, los claustros de profesores, hasta los panaderos, los cajeros y los ingenieros, tan atrevidos como ignorantes sobre la realidad del asunto, todos aportan su granito de arena al montículo de diagnósticos y posibles soluciones. Pero son muy pocos quienes alcanzan a ver algunos problemas que envenenan nuestras escuelas e institutos y los están estrangulando y cortando la respiración:

1. La vigilancia y el control a los profesionales.  En la Comunidad de Madrid al menos, sospecho que en toda España, se ha instalado un clima de sospecha y acoso que de forma silenciosa y sibilina ha ido llevando a que los maestros y profesores cada vez estemos más recelosos y en actitudes defensivas y atemorizadas. Educar y enseñar son dos labores que solo pueden ejercerse desde la confianza, la libertad y la calma. Esto no ocurre, por desgracia, hoy en nuestras aulas. En el curso que ahora termina, 2014-2015, han sido convocadas 7 nuevas plazas para profesores de Lengua, 7 para profesores de Historia y Geografía, 7 para Matemáticas, mientras que… ¡51 para el Cuerpo de Inspectores! Cada vez son más legión el número de estos que, instigados por sus jefes del buró, visitan los institutos exigiendo lo que la propia Consejería nombró hace tres años como “Rendición de Cuentas”. La receta es sencilla, mas retorcida, muy retorcida: esgrimen pruebas de todo tipo (CDI, PAU, PISA, pronto las nuevas Reválidas…) como armas arrojadizas para acosar y hostigar a los profesionales de la enseñanza. No velan por que estos puedan encontrar el sosiego y la libertad tan caras a la labor educativa, en vez de eso los persiguen, los juzgan y someten a la tal rendición de cuentas, como si de una fábrica o de una entidad financiera se tratase, en la que es necesario hacer un balance de resultados, como si en vez de a la formación de jóvenes seres humanos nos dedicásemos a la producción de tuercas y tornillos. Así es que estadísticas, porcentajes, medias y resultados ya han ocupado definitivamente, para quedarse, el lugar que debieran ocupar el saber, la belleza y la búsqueda de la verdad.

Y no solo esas pruebas externas, también han inventado programaciones, informes, memorias y documentos de toda laya, de cuya inutilidad todos somos sabedores, pues solo fueron creados para el uso que ahora les dan: un arma arrojadiza, hitos de un sistema de control y chantaje con el que poder acosar y perseguir a quien no se comporte de manera obediente y acrítica. Siempre podrán encontrar en tales documentos la excusa con la que perseguir, amenazar y castigar a quien no siga la senda trazada. No importa el que un maestro o profesor despierte en los estudiantes amor al saber, emoción por el arte, inquietud por el conocimiento, deseos de bien y bondad, espíritu crítico y autonomía. No importa que el maestro anime a sus estudiantes a encontrar su “yo” verdadero, su camino propio, lo mejor de sí. No. Importa, por el contrario, que sea obediente, que se comporte conforme a las absurdas leyes y decretos, que rellene correctamente los cientos de miles de informes y documentos que se le imponen. Importa que entrene a sus alumnos en la ejecución de inútiles pruebas con las que luego poder presumir las administraciones y darle al autobombo de la propaganda mediática y la publicidad, cuando no para crear ránquines y competitividad entre unas escuelas y otras, denostar a la públicas frente a las privadas o difamar contra los profesores y maestros cuando los resultados no satisfacen sus oscuros intereses. Basta revisar con un poco de calma las llamadas pruebas PISA o CDI o la absurda y carente de sentido PAU (antigua Selectividad) para comprobar que no es por la formación del alumno por la que se mira, son otros espurios motivos los que llevan a la “celebración” de estas pruebas.

2. En su infinita ignorancia y necedad, los políticos de la Comunidad de Madrid, y le siguen los del resto de Comunidades del Estado, han decidido que renunciemos en las escuelas a nuestra lengua materna, español o castellano, para que, cual bobos acomplejados, nos expresemos en otra lengua ajena a nuestra cultura y tradición: el inglés. La historia de España se enseña en inglés, la historia de la música se enseña en inglés, a los alumnos se les explican las ciencias en inglés, la educación física en inglés, el arte en inglés… todo menos las matemáticas y la lengua castellana –ya habrá tiempo, seguro, de leer a Góngora en tal lengua-. Todo ha sido trastocado y revuelto con un único resultado: alumnos que aprenden una jerigonza en la lengua extranjera, saben decir “fémur” o “presbiterio”, aun no entendiendo su significado, en dicha jerigonza, pero no leen a Shakespeare, y aprenden tal popurrí lingüístico al ritmo que van olvidando la expresión y la comprensión en la lengua madre. Sustituyen a su madre por un retrato afeado de su tía. Escolarizados en esa mezcolanza de simplificaciones desde los tres años, las nuevas promociones sufren, por nuestra culpa, un abandono y una carencia que ya jamás podrán colmar: el conocimiento de su propia lengua. Son incapaces de entender textos con un pequeño asomo de ambigüedad o polisemia, llenan sus intentos de enunciados de faltas de ortografía, no conciben la lengua como un discurso fluido, con estructuras coherentes, sino como algo fragmentado, esquemático, incompleto.

peligro

Para agravar aún más las cosas, con la implantación de dicho sistema, profesionales más cualificados, a tenor de sus notas obtenidas en el duro proceso de selección, la oposición, son arrinconados y desplazados para dar cabida a otros menos cualificados, solo por el simple hecho o circunstancia de haberse habilitado estos últimos en la jerigonza o pseudolengua extranjera, sin importar el nivel de conocimientos que tengan en la materia que imparten. ¿Serán conscientes de esto las familias? ¿Sabrán que a sus hijos no siempre les enseña historia o biología el mejor preparado en dicha materia? ¿Pensarán que puede transmitirles la riqueza de una lengua, su inabarcable océano de significados y formas, alguien que no nació en esa lengua o que no la estudió a conciencia en la noble y ya olvidada carrera de filología? Los estudiantes de filología inglesa aprenden y comprenden esa segunda lengua con el reposo y el tiempo necesarios, a lo largo de los años de estudio, lectura y aprendizaje. Mas los nuevos habilitados, en un curso exprés al estilo del anuncio “aprenda inglés en 1000 palabras”, ¿serán capaces de vivir en esa lengua, soñar con ella, enfadarse y reconciliarse, llegar a lo más alto y descender a lo más bajo, bromear, ser irónicos, poetas y científicos? Podrán, sí, como muchos podemos, comunicarse en un aeropuerto con el policía de aduanas, pedir un café, comprar un recuerdo en una tienda, ligar o protestar, pero, ¿es esto lo mismo que enseñar, que impartir una clase de historia o de biología durante 55 minutos a 35 estudiantes? Renunciar, como hemos renunciado, a nuestra lengua, es renunciar a nuestra cultura, a nuestra memoria, a las raíces de nuestro ser, a nuestra identidad, individual y colectiva, que se va forjando y construyendo con el conocimiento de nuestra lengua. Y solo valorando nuestra lengua podemos acercarnos humilde y respetuosamente a la riqueza de las otras y dignificarlas a todas, a la madre y a las nuevamente aprendidas. Sustituir el “dominio” de la jerigonza por el conocimiento riguroso de la lengua. Es esta labor de los filólogos, de los  profesores de inglés, no de la legión de habilitados a los que se ha abocado, por mor de un sistema torticero, mal llamado “bilingüe”, a la impostura de impartir sus clases en una lengua en la que no se reconocen.

3. Vigilancia, control y castigo por un lado, debidamente apoyados en una red clientelar de directores sumisos y pusilánimes que, olvidados de su condición de maestros, se creen el cargo que temporalmente desempeñan y olvidan sus orígenes y sus obligaciones. Así, en vez de defender a sus compañeros, luchar por sus alumnos y centros educativos, se han convertido en extensión tentacular de la administración, peleles a su servicio, vigías del poder para atemorizar a sus trabajadores. Olvido del idioma, de las raíces y de la cultura propia por otro lado, para ponerlos en manos del negocio y del mercado, en una deriva irreversible hacia la privatización -¿sabrán los madrileños el dinero que de sus bolsillos va a parar a la Universidad de Cambridge y a las empresas intermediarias que realizan sus exámenes? ¿Sabrán de los sueldos que se paga a jóvenes universitarios de Estados Unidos o Gran Bretaña que vienen en calidad de “auxiliares de conversación”, mientras que a profesionales de reconocida valía se les manda al paro en verano, buscando un “ahorro” que en los casos anteriores nunca consideran?-. Enseñanza, en fin, que ha sustituido el amor al saber, a la libertad, a la búsqueda de la verdad y de la belleza por el desamor de cumplir con las estadísticas y los porcentajes exigidos, al precio que sea.

Y en este panorama sombrío y desolador, ¿cuál es, cuál está siendo la respuesta de sus afectados, maestros y profesores? Mediocridad y egoísmo. Incapaces de entender que lo mejor para nuestros alumnos no es el voluntarismo ni hacer de buenos samaritanos para ocultar lo que los administradores destrozan, sino defender la dignificación y la libertad de nuestra profesión. Incapaces de gestos valientes y generosos a la altura de la agresión sufrida. Preocupados de defender las cuatro migajas que nos ofrecen para seguir siendo islas, en vez de renunciar a esas migajas para defender la unidad y la solidaridad, los encuentros que tanto teme la administración. Incapaces de organizarnos, limpiando nuestras mala conciencia al dejar nuestros destinos laborales en manos de sindicatos aviesos y corrompidos por el mismo poder que los sustenta y da sentido. Obedientes y atemorizados, los profesionales de la educación nos hemos dejado arrebatar lo más preciado que teníamos y que nos daba fuerza: nuestra libertad de actuación y conciencia; y nos hemos ido creyendo cuantas patrañas la administración nos ha ido vendiendo: proyectos, programas, reformas, mejoras, burocratización en definitiva, para ahogar la creatividad, los encuentros, el debate y el intercambio de ideas y conocimientos. Enfrascados en nuestros papeleos, que rellenamos solícitos y obedientes y en nuestras nuevas tecnologías, en cuya posesión y manejo ciframos toda solución al problema del aprendizaje, nos hemos ido atomizando y desentendiendo del compañero, del vecino, del otro. Ya no se habla de ciencia, pintura y poesía en las reuniones; ya no se exige investigación y reconocimiento a tal labor investigadora; ya no se debate sobre didáctica o pedagogía. En vez de lo primero, se habla de estándares, competencias y objetivos, siglas y términos vacuos de todo tipo, lenguajes técnicos que destruyen el lenguaje; en vez de lo segundo, se traga con el circo y la pantomima de los créditos y la pseudoformación mafiosa de sindicatos y centros territoriales de formación controlados y al servicio de la administración, nido de desertores que soltaron la tiza y buscaron la poltrona; en vez de lo tercero, se discute sobre todas las mediocridades y nimiedades inimaginables, en un “¿qué hay de lo mío?” infamante y vergonzoso. Lejos de estar a la altura de nuestro cometido y de darle a la sociedad y a la administración una respuesta seria y digna, basada en la defensa de la cultura, el saber y la libertad -necesaria e imprescindible, insisto, en nuestra profesión-, maestros y profesores hemos plegado velas, agachado la cabeza, aceptado los grilletes, el miedo y la vigilancia y comulgado con cuantas ruedas de molino nos han ido vendiendo. Solo nos queda esperar a que la obra de demolición concluya definitivamente y o bien acostumbrarnos e insensibilizarnos ante tanta ruina y abyección o bien hacer las maletas y largarnos. O bien, por qué no, como cantara Kavafis en su poema “Termópilas”, defender el paso y respetar nuestra propia conciencia, aun sabiendo “que los medos pasarán”.

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