Mañana seréis todos negros.

Mañana seréis todos negros: James Baldwing en nuestro espejo. Por Juan Ángel Argelina.

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(El escritor James Baldwin, en la portada de la revista Time, de mayo de 1963)

La reciente reactivación de la violencia racista en Estados Unidos trae a mi memoria las palabras del escritor norteamericano James Baldwin: “Mañana, todos seréis negros”. Santa razón, Jimmy. Lo somos. Hasta los inmortales mueren, pero su conciencia perdura en las mentes de quienes reconocen las luchas, los avances y las posiciones políticas que permiten denunciar las miserias y las atrocidades de un sistema político y económico basado en la opresión, la injusticia y la segregación. Uno de ellos fue James Baldwin, uno de los mayores exponentes de la narrativa afroamericana, además de comprometido, a su manera y dentro de las cortapisas de su época, con la liberación homosexual. Estuvo cerca de la campaña política Martin Luther King, y desconfió de algunas proclamas violentas de Malcolm X.

El profundo Sur donde Baldwin ambientó algunas de sus novelas no es tan diferente en sus raíces del que existe en estos tiempos de temor y recesión. El espejismo de un presidente negro no basta para ocultar barrios estigmatizados, discriminación laboral, o un elevadísimo tanto por ciento de trabajadores afroamericanos o de origen hispano mal remunerados. Para acceder a la carísima educación universitaria deben o proceder de familia muy acomodada o, lo más habitual, ser grandes deportistas. Ha habido grandes cambios, pero más vistosos que reales.

La muerte, en enero de 2014, de Amiri Baraka, autor del clásico Blues People (1963) y creador del movimiento Black Arts (del que salieron los fundadores de los Black Panthers), me recordó la tremenda influencia que Samuel Baldwin había tenido en la formación de una gran parte de escritores activistas, que ya no solo luchaban contra la segregación racial, y, al igual que Malcolm X o Muhammad Alí (antes Cassius Clay), abandonaron “sus nombres de esclavos”, rebautizándose y convirtiéndose en compañeros de viaje  de los musulmanes afroamericanos, sino que renegaban del nacionalismo y adoptaban el marxismo como carga teórica de su lucha. Baldwin, que hoy es recordado en muchos sitios por el ser el autor de El cuarto de Giovanni (sobre el amor imposible entre un turista estadounidense y un joven italiano) tuvo que enfrentarse a los prejuicios hacia las mujeres y los gays o bisexuales en un sector de la comunidad negra organizada. Es paradójico que tanto en el movimiento LGTB como, sobre todo, en el movimiento negro (de gran fuerza casi en la misma época) las personas afroamericanas no heterosexuales tuvieran que sufrir formas refinadas de sexismo o racismo, igual que las lesbianas anglosajonas en un sector del movimiento feminista más escuchado.

Criado en las calles de Harlem, pequeño, frágil, con ojos saltones, comenzó a escribir mientras trabajaba en el Greenwich Village como botones, lavaplatos o camarero, por lo que sufrió en primera persona los efectos de la segregación. Hay poco y, en general, mal traducido de este escritor que escribía con las tripas, dejándose la piel en sus personajes que traspasando la autobiografía se situaban entre la gran literatura estadounidense con dimensiones de fresco social, épica y denuncia social. Pero el retrato  humanista está presente en todas sus creaciones, dramatúrgicas, novelísticas o ensayísticas. Un autor que paso  de ser un novelista hábil a un hombre de letras comprometido con su tiempo que dejó su pueblo para irse a la ciudad, como tantos  otros, a buscar una oportunidad donde encontró círculos literarios y hermanos de raza pero también formas mas sofisticadas de racismo y homofobia vigentes en la década donde sitúa sus obras más importantes. En 1948, mientras denunciaba la discriminación racial que se producía en EE.UU. se marchó a vivir a París, para, según dijo, “averiguar quién era, no lo que era”, en un ambiente de mayor libertad.

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 (Barrio del Harlem, hacia los años 30)

Algunos de sus trabajos como la pieza dramática Para Blues Mister Charlie  o Blues  de la calle Beale han sido llevadas al cine. Aunque sus obras narrativas más respetadas siguen siendo Ven y dilo en la montaña o “donde muestra el desamparo de los negros de los barrios bajos sometidos a la presión policial, la desconfianza y el estigma social”. A lo que se une la descripción de una lucha todavía ardua por ser aceptados como gays o lesbianas (y ahí tenemos el testimonio de Audre Lorde) dentro de los movimientos de clase o raza. La amenaza de ser recluidos en guetos más pobres, la mas  temible de la cárcel o el linchamiento siguen en la memoria herida pero llena de vitalidad de las historias de uno de los novelistas, sino mejores, mas  sinceros e intensos del siglo XX. En 1954 el Tribunal Supremo de Estados Unidos ordenó el fin de la segregación racial en las escuelas (comenzando el movimiento por los derechos civiles), lo que motivó a Baldwin la decisión de regresar a su país: “No podía quedarme sentado en París arreglándome las uñas y hablando de Little Rock”, comentó, refiriéndose al envío a Arkansas de tropas federales para forzar la convivencia entre blancos y negros. Su novela Another Country (1962) fue un llamamiento para un mayor entendimiento interracial, y su ensayo The Fire Next Time (1963) ya preveía los desórdenes raciales que se prolongarían toda la década de los sesenta.

Su paso de la identidad individual (en una sociedad individualista) a la “toma de conciencia colectiva” aparece documentada no solo en sus libros sino también en diversas entrevistas, intervenciones políticas y denuncias, tímidas pero certeras, del machismo y la homofobia en todas las clases, razas o religiones. No es cuestión de sumar opresiones sino de cuestionar la normalidad y su artificiosidad y el concepto mismo de “minoría” a través del tiempo.

La vida y obra de James Baldwin muestra la evolución de su sociedad: son los tiempos en que Rosa Parks se sienta en un autobús desafiando una prohibición racista, mueren asesinados por la derecha de EE.UU tanto Marthin Luther King como Malcom X. También aparece unido al jazz y a otros autores que por primera vez mencionaron la homosexualidad en la Norteamérica conservadora de los años cincuenta como Tennessee Williams, Nela Larsen, Truman Capote, Carson McCullers, James Purdy o Patricia Highsmith. También encontramos en Baldwin la herencia del poeta gay Lagston Hughes o de afroamericanos de renombre más cercanos en el tiempo como Richard Wright (Native Son) o Ralph Ellison (El hombre invisible). Aunque nadie negaría el hecho de la discriminación o la articulación de subculturas raciales para comprender la narrativa de Baldwin, todavía hay quien piensa que su vivencia de la homosexualidad en la sociedad macarthysta es un hecho irrelevante o sobre el que se puede pasar rápidamente.

James Baldwin sigue siendo un famoso desconocido, como ocurre con la dramaturga Lillian Hellman o la novelista Shirley Jackson. Pero la fuerza de obras sobre la violencia racial como Blues para Mister Charlie  o la riqueza de matices de clase y género depositadas en Otro país  hacen de él un autor a reivindicar. Baldwin políticamente estuvo más cerca de Luther King que de Malcom X aunque las memorias de este último siguen siendo un documento impagable sobre una lucha entendida de forma personal. El asesinato de Luther King en 1968 le hizo volver a Francia, donde publicó Tell Me How Long The Train’s Been Gone, donde contaba la historia de un actor negro que mantiene relaciones con una preciosa actriz blanca y un chico negro. Al mismo tiempo, Audre Lorde (madre, negra y lesbiana) contó la experiencia de las afroamericanas sin recursos en un libro menos belicoso que los del reverendo, como es la fascinante Zami, recién editada (por fin) en castellano. La politización de la obra de Baldwin puede observarse claramente en su ensayo No Name in the Street (1969), en el que abogaba por “un socialismo propio, formado por y respondiendo a las verdaderas necesidades de los norteamericanos”. Mucho después, en 1985, publicaría Evidencia de cosas no vistas, acerca de la muerte en Atlanta de 28 niños negros.

(Ella Fitzlgerald y Louis Astromg, interprentando “Summertime”, todo un himno racial)

Baldwin es heredero del renacimiento del Harlem. Muchas de sus historias pueden leerse con música de jazz que antes de su estandarización perteneció a los negros y a otras minorías que expresaban así su lamento pero también su enorme sentido de la belleza, huyendo del victimismo a favor de la poesía. Así Louis Astromg, John Coltrane, Charlie Parker  o sobre todo Nina Simone cantaron al amor y la lucha, pero también a la experiencia de la negritud en la Norteamérica sureña. Baldwin desmontó esos mecanismos mentales por los que el oprimido adora al opresor.  En sus novelas hay todo un mundo de humo, baterías, subsuelos, compañerismo, miedo, persecución y homoerotismo, que  fue recreado de forma barroca y estetizante por el cineasta queer Isaac Julien en Looking for Lagston, agarrándose a la belleza del color diferente de las pieles de los personajes. Su obra es más  intimista que la de los famosos beatniks pero también más profunda. Como ellos amó el jazz, la autodeterminación y el empoderamiento de la gente señalada por su raza, orientación sexual o procedencia social y geográfica. Al final, todo se basa en esto: “El amor no es un punto de partida o llegada, es un verdadero campo de batalla y conquistas”.

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