Cien años después.

Cien años después. Por Javier Barrio. 

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El 28 de junio se cumplieron 100 años desde que el nacionalista serbio Gavrilo Princip, miembro del grupo serbio Joven Bosnia, ligado al grupo nacionalista Mano Negra, asesinó en plena calle al archiduque Francisco Fernando de Austria y a su esposa, Sofía Chotek, herederos directos del Imperio austro-húngaro después de la muerte de Rodolfo de Habsburgo, heredero natural. Si bien fueron muchos otros los verdaderos motivos del inicio del terrible conflicto que sacudió Europa desde ese verano de 1914 hasta noviembre de 1918 –no en vano señala Stefan Zweig en su imprescindible El mundo de ayer que “la inesperada noticia pasaba de boca en boca. Pero hay que decir en honor a la verdad que en los rostros no se adivinaba ninguna emoción o irritación especiales, porque el heredero al trono no había sido un personaje querido […] A Francisco Fernando le faltaba lo más importante para ser realmente popular en Austria: afabilidad personal, encanto humano y buenas maneras en el trato social”–. Lo cierto es que el asesinato del joven heredero se cargó de un enorme valor simbólico y ha sido interpretado desde entonces como el detonante final, la chispa que encendió el polvorín de la vieja Europa y lo hizo estallar. Pues bien, ¿cómo se recordó en España el mismo día del 28 de junio, pero ahora de 2014, el inicio de un conflicto cuyo coste se estima que fue de 10 millones de muertos, 20 millones de heridos y 7 millones de desaparecidos? ¿Qué recordatorio hubo sobre la mayor movilización militar hasta entonces conocida, la espiral de violencia sin precedentes que llevó al mundo a una carrera absurda de destrucción y muerte? Un documental en La 2 de TVE bien entrada ya la noche, como es costumbre cuando de emitir algo serio y de sustancia se trata en las televisiones españolas, algún artículo de periódico y poco más. Luego lo de siempre: el silencio que, paradójicamente, se impone a base de ruido, goles y fanfarria, y el olvido que conlleva tanta burda banalidad. El hecho ha pasado prácticamente inadvertido, en un país donde cualquier pequeña anécdota de tal o cual personaje o territorio es motivo de celebración y efeméride.

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(Portada de la primera edición francesa de El miedo, de Chevallier)

Por esos días de junio me defendí de ese silencio y ese olvido -intencionadamente impuestos como anestésico- leyendo El Miedo, de Gabriel Chevalier. En su impresionante testimonio como soldado participante en la contienda, recuerda Gabriel la sensación de euforia y confianza que reinaba en las calles de París en los momentos previos al conflicto. Nadie parecía presagiar los años de dolor y oscuridad que se cernían sobre el porvenir de varias generaciones francesas, europeas y mundiales, salvo unos pocos que eran señalados y silenciados:

«En la terraza de un café del centro, una orquesta toca La Marsellesa. Todo el mundo la escucha de pie y se descubre. Salvo un hombrecillo esmirriado, modestamente vestido, de rostro triste bajo su sombrero de paja, que está solo en un rincón. Un asistente repara en su presencia, se precipita hacia él, y, con el dorso de la mano, le hace volar el sombrero. El hombre palidece, se encoge de hombros y responde: “¡Bravo! ¡Valiente ciudadano!”. El otro le conmina a levantarse. Él se niega. Se acercan unos viandantes, los rodean. El agresor continúa. “¡Insulta usted al país y no pienso tolerarlo!”. El hombrecillo, muy blanco ahora, pero obstinado, responde: “Pues a mí me parece que insultan ustedes a la razón y yo no digo nada. ¡Soy un hombre libre, y me niego a saludar a la guerra!”. Una voz exclama: “¡Partidle la boca a este cobarde!”. Se producen empujones detrás, se alzan bastones, se derriban mesas, se rompen vasos. La aglomeración, en cuestión de instantes, se vuelve enorme. Los de la última fila, que no han visto nada, informan a los recién llegados: “Es un espía. Ha gritado: ‛¡Viva Alemania!’. La indignación subleva a la multitud, la hace precipitarse hacia adelante. Se oyen ruidos de golpes sobre un cuerpo, gritos de odio y de dolor. Al fin acude el cafetero con su servilleta en un brazo y aparta a la gente. El hombrecillo, caído de la silla, está tendido entre los escupitajos y las colillas de los parroquianos. Su rostro tumefacto está irreconocible, con un ojo cerrado y negro; un hilillo de sangre corre de su frente y otro de su boca abierta e hinchada; respira con dificultad y no puede levantarse (…) Para festejar esta victoria, se pide cantar de nuevo La Marsellesa. La gente la escucha mientras mira al hombrecillo sangrante y manchado, que gimotea débilmente. Una mujer pálida y bonita murmura a su compañero: “Este espectáculo es horrible. Ese pobre hombre ha tenido valor”. El otro le responde: “Un valor de idiota. Uno no puede enfrentarse a la opinión pública».

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(“El Guernica”, de Pablo Ruiz Picasso)

Los rostros desfigurados por el gas mostaza, las enfermedades psíquicas y depresiones nerviosas, los tullidos, el hambre, la humedad, el barro y las ratas de las trincheras, las montañas de cadáveres en Verdún o en el Somme, el hedor a carne quemada y descompuesta… ninguno de los elementos que configuraron la espantosa tragedia fueron previstos o imaginados, pues era la primera vez en la historia que el desarrollo científico-técnico logrado durante el siglo XIX y comienzos del XX mostraba su capacidad destructiva en un conflicto armado; era la primer a vez que el hombre alcanzaba a vislumbrar el poder aniquilador que el desarrollo de la ciencia y de la técnica habían puesto en sus manos. Por eso dice el propio Zweig que la Segunda Guerra Mundial no fue para los hombres de su generación tan terrible como la Primera, porque no los sorprendió, ya conocían el poder aniquilador del monstruo en el que el hombre moderno se convierte cuando aúlla y muerde. Por su parte, algunos años después, concretamente en 1960, el filósofo austriaco Günther Anders reflexionaba en un opúsculo titulado El Tiempo del fin sobre el último invento humano capaz de destruir a la humanidad por completo y de manera definitiva: la bomba atómica. Parte de su vida y de su obra las entregó a la denuncia de tal culminación del desarrollo científico-técnico, como muestra las cartas que logra intercambiar con Claude Eatherly, uno de los pilotos encargados de arrojar la bomba sobre Hiroshima y que vivió el resto de su vida desde entonces martirizado por la culpa y los remordimientos. Una de las preocupaciones de Anders en el citado opúsculo de El Tiempo del fin es que el hecho de que disminuya el riesgo de que algo así se repita cree la sensación de conformismo en la humanidad y genere la falsa percepción de que el riesgo ya no existe. “No existe un arma nuclear cuya existencia no sea al mismo tiempo una utilización”, escribe; el riesgo existe, pues, en tanto la bomba exista, aunque las circunstancias históricas no sean ya las mismas ni la amenaza tan perentoria.

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(Imagen tomada de la ciudad de Hiroshima, después del ataque nuclear estadunidense)

Los interrogantes pronto aparecen si sabemos leer los testimonios de quienes sufrieron la tormenta destructiva de la primera mitad del siglo XX y la angustia de la Guerra Fría en la segunda mitad. ¿Podemos estar tan tranquilos como aparentamos estar creyendo para siempre desterrada la amenaza de un conflicto bélico mundial cuyas consecuencias serían hoy, quizás, definitivas? ¿Hacemos bien en creernos ya para siempre a salvo de la amenaza nuclear y atómica, no estaremos pecando de ingenuidad? La amnesia que parece envolvernos a todos, y la etiqueta de “catastrofistas”o “agoreros” que se cuelga sobre quienes intentan quitarle la venda a una humanidad cada vez más cegada y ensordecida por el ruido y la propaganda, hace que no podamos leer en la historia las claves con las que poder interpretar adecuadamente los signos peligrosos que el presente nos muestra. Parece como si fuese expreso deseo de los poderosos que tejen la trama de nuestra realidad silenciar la memoria del pasado y tachar de loco a quien se proponga darle voz de nuevo, no en vano eso es lo que hicieron las autoridades estadounidenses con Aetherly, encerrarlo con el diagnóstico de locura y delirio; su testimonio incomodaba por su verdad. Da la sensación de que caminamos con el mismo optimismo que narró Gabriel Chevalier en El miedo, cuando la capacidad autodestructiva del hombre aún no era siquiera imaginada; hoy nuestro delito es mayor, pues conocemos de lo que el hombre es capaz cuando emplea todos sus medios en fines destructivos. Atendamos a los testimonios del pasado, démosles nueva luz, saquémosles del rincón de los trastos viejos al que los han arrojado hoy los que del silencio y la ignorancia siempre se han beneficiado –los mismos, por cierto, que un día mandaron al matadero a generaciones de jóvenes por su propio interés y beneficio, y que no dudarían en hacerlo hoy de nuevo–. Quizás reconozcamos algo mejor los riesgos de conflictos como el que hoy libran Rusia y Ucrania o comprendamos la semilla de destrucción que habita en los corazones de las centrales nucleares que se multiplican por la geografía mundial.

Que la voz de Chevalier nos haga despertar del sueño en el que vivimos:

–Pero ¿y la libertad?
–Mi libertad sigue conmigo. Está en mi pensamiento; para mí Shakespeare es una patria y otra es Goethe. Podrá usted cambiarme la etiqueta que llevo en la frente, pero lo que no podrá es cambiar mi cerebro. […] El hombre no tiene más que una patria, que es la Tierra.

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