Siempre aparece la pregunta.

Siempre aparece la pregunta. Por Javier Barrio. 

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(Interpretación del mito de Orfeo y Eurídice, por A. Rodin)

Siempre aparece la pregunta; es irreversible, inevitable, tarde o temprano un alumno con cara de aburrimiento o de fastidio te pregunta: “¿Y esto para qué sirve, profe? ¿Por qué quiero yo saber cómo es mi lengua, por qué tengo yo que hablar bien si ya me entienden cuando lo hago como lo hago?” Esta vez he tomado la respuesta prestada de un libro titulado La palabra amenazada, de una mujer argentina maravillosa que se llama Ivonne Bordelois. Me recomendó un amigo la lectura de las obras de esta mujer y he pasado los últimos días hechizado por sus ensayos y sus estudios sobre el lenguaje, especialmente por lo que ella llama sus incursiones en “el aljibe etimológico” (hermosa imagen, la etimología de las palabras como un aljibe, o lo que es lo mismo, depósito de agua, es decir, de vida). Dice esta autora que el lenguaje, frente a los bienes de consumo, jamás se agota; es solidario, pues lo compartimos toda una comunidad en un “sistema de trueque”; y es, finalmente, gratuito. Todo ello le lleva a concluir que el lenguaje es “subversivo”, pues su naturaleza se opone a todos los bienes de consumo, que son “agotables, costosos y no compartidos”. Cuidar el lenguaje, la tarea más acuciante en estos tiempos en los que es salvajemente maltratado y empobrecido desde todos los ámbitos públicos y privados, exige de nosotros humildad para escuchar sus voces, dialogar con ellas y dejarnos habitar e iluminar por su sabiduría. Da lástima encender la televisión y escuchar los atropellos a los que se le somete al lenguaje; imaginar qué escriben y cómo lo escriben los miles de autómatas que se han olvidado de mirar al horizonte y admirar las estrellas y se han autoimpuesto la ceguera de las pantallas de sus juguetitos electrónicos (el día que pude ver una conversación en el móvil de un amigo quedé aterrorizado); escuchar a los políticos con sus balbuceos y jergas infamantes, leer panfletos, carteles, anuncios, eslóganes, revistas, etc. Escuchar, sin ir más lejos, algunos debates y mítines de la última campaña electoral para las Elecciones Europeas ha sido un verdadero ejercicio de sadismo. Donde quiera que mires el lenguaje es reducido a fórmulas, coletillas, frases hechas y repetidas hasta la extenuación, y aun así, en toda su simplicidad, es usado de forma incorrecta y en muchos casos incluso con orgullo y jactancia. “El deterioro del lenguaje es una forma de autodestrucción” dice esta autora. “Aprenda inglés en 1000 palabras” decía un chamán de los idiomas en la radio y en la prensa, en vez de “chapurree”, o “balbucee”, que serían términos más precisos. La capacidad simbólica, la polisemia de los vocablos, la ambigüedad de las estructuras y de las expresiones, la riqueza de relaciones semánticas entre los vocablos, la capacidad metafórica que urde una trama de relaciones y convierte la realidad en un hermoso laberinto lleno de enigmas y juegos, la música de los sonidos, sus evocadoras melodías, los viajes significativos a las más profundas realidades del misterio y de lo oculto a nuestros sentidos, el placer de ver, oler, escuchar, tocar y saborear el mundo… todo nos lo da este milagroso don que solo los humanos poseemos.

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En el conocido mito de Orfeo y Eurídice el protagonista masculino no puede evitar girar su rostro para mirar a la ninfa y provoca así su caída definitiva en el Hades y su pérdida irremediable. Uno de los pecados que comete Orfeo es no saber escuchar a la ninfa, no pedirle que le hable mientras ascienden de nuevo a la vida para poder ir certificando su presencia y cercanía. Miró porque no le colmó el lenguaje, la escucha, la atenta vigilia de unos oídos no acostumbrados sino a nuestras propias voces. Solo escuchando lo que nuestras lenguas son capaces de decirnos y guardando, custodiando y defendiendo sus tesoros seremos capaces de no sucumbir definitivamente en la vulgaridad y en la pobreza del hambriento que sueña que come y se despierta hambriento y el sediento que sueña que bebe y se despierta sediento.

Por todo esto y por muchísimo más que mi pobre talento no acierta a expresar, estudiar y conocer nuestra lengua sirve para mucho, para muchísimo. Y digo “conocer”, no “dominar”, palabra que tan de moda han puesto esos arrogantes que ven las lenguas como un mero inventario de mil palabras y que hablan de bilingüismo y trilingüismo como si de comprar calcetines en un mercadillo se tratara.

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