Julio Cortázar, al borde de la realidad.

Julio Cortázar, al borde de la realidad. Por Luis Quiñones.

Pocas veces hemos pensado en Julio Cortázar como profesor de literatura y, sin embargo, es quizás el profesor de literatura que más nos hubiera gustado tener. Y como si estuviéramos en uno de sus relatos, podemos imaginárnoslo detrás de una mesa, divagando sobre cómo la realidad se frunce y se estira, cómo quizás su gran obsesión, el tiempo, se contrae o se elonga, mientras explicando los secretos de sus ficciones nos mete en su mundo imaginario.

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Y con el asombro que pudiera producir alguien que regresa de la muerte, Julio Cortázar nos da clases de literatura, mucho tiempo después de que lo enterraran en París en 1984. Es un claro ejemplo de cómo nuestro tiempo puede simultanearse con otro tiempo distinto: en este caso, con el tiempo de la publicación de sus conferencias en la Universidad de Berkeley, que recientemente han visto la luz en forma de libro. Nos habla y nosotros lo escuchamos leyéndolo, con asombro y algo más que admiración.

La lectura de sus clases nos devuelve a un Cortázar único. Nos encontramos con un profesor atípico, asistemático, que afronta sin pedantería las cuestiones que le plantean sus alumnos, cercano y que indaga en los mecanismos que han motivado sus obras con sencillez y profundidad al mismo tiempo. Mientras imparte sus lecciones, viaja de un lugar a otro, como los propios personajes de sus relatos, y nos da algunas de las claves necesarias para interpretar su obra. No elude en ningún momento el hablar de sí mismo, al contrario; abre sus propios secretos como escritor: “Nunca he tenido demasiado claro por qué escribo”, dice, mientras se siente un escritor “histórico”, frente a las consabidas y forzadas etiquetas críticas de “escritor fantástico”.

“Siempre he convivido con la fantasía”, afirma, y no deja de reivindicar que lo fantástico está imbricado en la propia realidad. La fantasía lo sitúa, según él, en el espacio común de lo que se denomina “literatura hispanoamericana”. Roberto Arlt, Borges o Quiroga forman parte de esa misma tradición, en la que el cuento ha llegado a convertirse en una seña de identidad de la literatura del siglo XX de Hispanoamérica. No es un Cortázar aislado, sino un escritor que se siente vinculado también con sus contemporáneos más jóvenes: Márquez o Llosa, sin dejar de mirar la realidad con la agudeza de un buen observador al que la fantasía le ha hecho ampliar sus horizontes. No evita la realidad histórica cuando escribe: “No puedo hacer una distinción demasiado clara entre fantasía y realidad; salvo, claro está, cuando salgo de la literatura: cuando pienso en el destino actual de un país como el mío, por ejemplo, ahí no me queda límite para ninguna fantasía. La realidad es lo suficientemente grande y lo suficientemente terrible como para bajar completamente ese espectro de pensamiento y de meditación”.  Así, la fantasía cortazariana invoca también  la realidad, y lo insospechado, lo que provoca sorpresa en sus relatos, se trata de un recurso para penetrar en la realidad desde otras fronteras: “La fantasía, lo fantástico, lo imaginable que yo amo y con lo cual he tratado de hacer mi propia obra es todo lo que en el fondo sirve para proyectar con más claridad y con la más fuerza la realidad que nos rodea”.

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(sello conmemorativo de escritor argentino Roberto Arlt)

Para Cortázar, la fantasía se manifiesta a partir de la propia indeterminación del tiempo. La elasticidad del tiempo tiene que ver con la conciencia: uno puede dilatar el tiempo en sus recuerdos, prolongar la realidad en la distracción y, por qué no, como consecuencia de eso, confundirse el tiempo y los personajes que lo habitan: el hombre que tiene un accidente de motocicleta y entre delirios se convierte en un indio moteca perseguido por la selva para ser sacrificado. En “La noche boca arriba”, la realidad se invierte cuando al estar a punto de darle muerte al protagonista soñado, descubrimos que es el indio quien sueña viajar por una ciudad lejana sobre un insecto de metal, con el que tiene un accidente que casi acaba con su vida. Algo parecido le ocurre al músico Jhonny Carter cuando viaja en el metro: apenas el tiempo que transcurre entre algunas estaciones dentro de su cabeza se convierten en un prolongado recuerdo de su vida, de sus fracasos y de sus pequeños éxitos.

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(El músico Charlie Parker, que inspiró el personaje de Jonnhy Carter en “El perseguidor”)

Los tiempos soñados no son nuevos en el arte: otros lo hicieron antes que él. El viejo Antonio Machado evocaba lo onírico como una forma de conocimiento. De los sueños se poblaron las pinturas del Goya que inicia el romanticismo en España. Quevedo, mucho antes, convirtió los sueños en caricatura de la realidad, y El Bosco soñó con sus infiernos y con el paraíso, igual que Dante, o como Carrol hiciera con el mundo de su Alicia, mientras se dilataría el tiempo que dura un día en el Ulises de Joyce después, como ocurre siempre detrás de cualquier espejo.

Da la impresión de que la fantasía, como afirma Julio Cortázar, es una parte inseparable de la propia realidad, inevitable y consustancial a la literatura, al ejercicio de la escritura: El Popol Vuh, Las metamorfosis, Las mil y una noches, Milagros de nuestra señora o la épica tienen también sus correspondientes dosis de fantasía. El tiempo soñado, vivido y recordado o el tiempo del que se nutren las imágenes de la imaginación son reales, es decir, forman parte de la “realidad”, que tiende a reflejarse en cualquier manifestación artística, sin las que estas difícilmente podrían entenderse. Y el mecanismo por el que la fantasía  penetra en la realidad  es precisamente la distracción: un dejarse llevar íntimo del pensamiento que nos abstrae de la misma realidad y que, pasado un tiempo del cual no hemos tenido conciencia, nos devuelve al presente histórico como si nada hubiera ocurrido.

Ese es el viaje mental de don Quijote. Transido de fantasía, de imaginación o de una distracción patológica (su locura), Alonso Quijano se traslada a un tiempo que no es el tiempo real: un tiempo ideal en el que ya no existen los caballeros andantes y, mucho menos, encantamientos o gigantes. La confusión también conduce a la imaginación: la nube de polvo que levanta un rebaño le hace pensar que se encuentra ante un ejército. Novela de caballerías “verosímil” se ha llegado a decir que es la genial obra del alcalaíno. Y en este mismo sentido, es categórico Julio Cortázar: “Creo que en el fondo, la literatura del realismo no puede prescindir de la fantasía”, como intentó desafortunadamente el viejo realismo socialista. Y solo rompiendo la realidad con el lenguaje del realismo se alcanzan las verdaderas revoluciones”

Por ello, por esta imbricación en lo real de lo fantástico, Julio Cortázar no se considera menos escritor realista que cualquier otro escritor. De hecho la realidad es en sus cuentos siempre el punto de partida, lugares reales, personajes verosímiles y situación posibles, que a través de una inversión fantástica, cuya palanca es la imaginación, el sueño o la mera abstracción, se convierten en irreales, inverosímiles e imposibles en el mundo de la lógica cartesiana, pero no en el mundo de la lógica literaria.

Y la lógica literaria tiene un único alimento: la ficción. Lo que hace al escritor es solamente su capacidad ficcional, que no es otra cosa que “crear irrealidades”. Kafka y El proceso: su temática realista deriva en lo que a todas luces es un relato inverosímil, pero con la intención simbólica de denunciar los abusos del poder a partir de la anulación de la voluntad del individuo. ¿Hay acaso una mejor reflexión realista que la que hiciera el escritor de La Metamorfosis? El cómo afronta el escritor fantástico esa realidad es la forma en que concibe la escritura misma: como juego y con el ingrediente del humor. Y ni siquiera ambos elementos, el lúdico y el humorístico, fueron eludidos por  escritores ortodoxamente realistas. Dickens o Galdós nunca renunciaron al humor, ni por supuesto Cervantes o el supuesto autor de El lazarillo de Tormes, padres ambos de lo que siglos después sería la canónica novela realista.

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Todos los ingredientes aparecen en la misma proporción en Rayuela, su obra maestra. Si con sus cronopios y famas Cortázar consigue crear, a partir de una visión, personajes reales y los hace interactuar con otros personajes indiscutiblemente no ficcionales, en Rayuela, el camino es el inverso: es la realidad misma la que interviene en la vida de unos personajes que terminan siendo pura ficción. Son los caminos que permiten que ficción y realidad, y viceversa, no solo convivan sino se nutran también recíprocamente. El propio autor desvela cómo Rayuela se va forjando a partir del conocimiento que va adquiriendo de París (un espacio real) y de cómo se vincula en los primeros años cincuenta a las manifestaciones literarias de la corriente filosófica de moda: el existencialismo. Otra vez vemos a un Cortázar metido de lleno en el tiempo, en esa faceta suya que reivindica de escritor “histórico”. No se entendería Rayuela sin la realidad social y política de la Europa de postguerra, como no se entendería la realidad sin sus dosis de ficción. Y el autor explica a través de su propia experiencia la construcción de Rayuela, novela surgida de todas esas notas, que de un lado y otro, daban forma a su propia biografía literaria. Reunidas estas junto con esbozos de distintas procedencias, y otros cuentos, crea a modo de rompecabezas su novela. Un juego, un laberinto, cuyas lecturas requieren “lectores cómplices”.

Cortázar no es solo un escritor fantástico, es más que eso: lo sabe y quiere formar parte de la literatura de su tiempo, del compromiso que lo acerca hasta una identidad común latinoamericana. La dimensión ética, metafísica y estética de su inmensa obra se suman y Julio Cortázar se reafirma en la ironía: “[…] sigo creyendo que nuestra tarea de escritores latinoamericanos puede ir a veces mucho más allá que escribir cuentos y novelas, aunque también es importante seguir escribiendo cuentos y novelas”.  El autor de Rayuela sabe que por encima del hermoso ejercicio estético de la escritura, del placer que ocasiona, están el contexto social y político y, sobre todo, la conciencia de que el escritor no está solo en el mundo. Qué buena lección para los tiempos que corren.

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3 comentarios en “Julio Cortázar, al borde de la realidad.

  1. «Un puente es un hombre cruzando un puente», dijo Julio no sé dónde, pero pienso que esas palabras concretan la ficción real de los hechos históricos

  2. Hasta el propio Galdós habla de la imaginación irrenunciable como rasgo inevitable del arte y la literatura, muy superadas ya sus novelas de tesis y recién estrenada su etapa de naturalismo espiritual. Es que la fantasía solo puede entenderse como la rendija que se abre para profundizar en lo real, en esos fragmentos de la realidad que son inalcanzables a través de la lógica y la imitación, y que requieren de la imaginación humana para poder llegar a ellos, como dice Cortázar, dando un rodeo, en espiral.

  3. Pingback: La Ametralladora: más que una revista cultural | Pongamos que hablo de Madrid

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