Reflexiones sobre los mitos de héroe

Reflexiones sobre los mitos de héroe. Por Yolanda Barreno.

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Denominamos “mito” a un conjunto de relatos que en un primer momento fueron orales y posteriormente aparecerán por escrito. El mito ha formado parte de todas las civilizaciones, aunque su origen ha planteado controversias entre los defensores de la teoría monogénetica (que postulan un solo origen y un proceso de difusión) y los de la poligenética (que defienden la pluralidad de orígenes), pero sobre lo que no hay ninguna duda es sobre el hecho de que es un fenómeno que proviene de un rango pre-racional, que es anterior al logos y que ha sido la forma de explicar el origen del mundo y del hombre para multitud de civilizaciones antiguas: cuando el hombre no domina racionalmente su entorno, la imaginación llena ese vacío vital e insostenible, la ilusión y la magia dan sentido a su existencia y el mito se convierte en una necesidad lógica.

En el origen de las civilizaciones cada duda, cada pregunta, tiene un mito por respuesta. Estos han evolucionado y han crecido. Intrincadas genealogías y complicadas narraciones unen los numerosos dioses, héroes y seres de toda clase en la mitología clásica. Grecia, la cuna de la razón, no descuidó nunca ese componente irracional que anida también en el ser humano y que quizá es precisamente lo que nos permite serlo. Así, cuando el pensamiento racional (el logos) hizo su aparición no desterró al mito, sino que, al contrario, le buscó un nuevo sentido, otra explicación “lógica”, dotándole en la mayoría de los casos de un sentido alegórico: los dioses no serían más que personificaciones de las fuerzas de la naturaleza o de ciertos comportamientos humanos, abstracciones convertidas en seres con voluntad propia.

Esta definición nos conduce a un tipo de mitos que podemos llamar etno-religiosos (teogónicos, cosmogónicos y antropogónicos), pues van destinados a explicar la naturaleza de la divinidad, del cosmos, del hombre y de la vida.

Pero, con el tiempo, estos mitos primitivos sufrirán un proceso de tematización que los convertirá poco a poco en otro tipo de mitos: los literarios, y muchos de ellos serán ya inventados por los propios escritores.

Para entender este proceso hay que partir de la certeza de que el mito es ante todo una narración (relacionada literariamente con dos géneros de vital importancia: el cuento y la leyenda) y como tal posee todos sus componentes: un narrador (omnisciente) y unos personajes (dioses y héroes en los etno-religiosos, arquetípicos, planos y convertidos en modelos con el paso del tiempo; más redondos y humanizados conforme se tematizan) que se mueven en un tiempo (ancestral, casi atemporal) y un espacio (fantástico, propio de los dioses) determinados.

Antes de entrar a analizar más en profundidad estos personajes míticos, se puede hacer una síntesis de las principales características del mito:

La primera, la importancia de los personajes, que son dos colectivos: dioses y héroes. Casi siempre están muy diferenciados, si bien el elemento fundamental que los diferencia es la inmortalidad.

La segunda sería la ausencia de una versión única para cada mito, puesto que cada autor tiene la libertad de reelaborarlo y dar la suya propia. Además, hay que tener en cuenta que en un principio se transmitían de manera oral, por lo que el mito se contamina y da lugar a ciclos.

En tercer lugar, la importancia de su penetración en el sistema social, puesto que el mito constituirá la mayoría de las obras literarias y afectará a ámbitos como la filosofía, el arte, la religión y la historiografía; es decir, impregnará todas las manifestaciones humanas de la sociedad donde se ha dado.

A continuación, la fuerte carga de elementos simbólicos: el mito es un símbolo, una manera de contar algo, y esta faceta ha sido muy tratada por algunas ciencias como la psicocrítica, aportando tipificaciones como el narcisismo o el complejo de Edipo.

Y, por último, la belleza literaria: en el sentido de que son narraciones que nos atraen, subyagan a quienes las escuchan y, a la vez, es una manera atractiva de traer el pasado a la actualidad.

LOS MITOS DE HÉROE

1. MITOS ETNO-RELIGIOSOS 

 Como ya se dijo, podemos definir el mito como un conjunto de relatos cuyos personajes son casi siempre dioses y héroes. Centrándonos en los segundos, podemos caracterizarlos por tres causas: siempre aparece su genealogía, formando verdaderas sagas o familias de mitos; se le da una localización geográfica; y se le da una cronología, que siempre es relativa y en ocasiones tiene errores. Es decir, son cronologías ficticias que se hacen estableciendo unas fechas como puntos de partida y unas generaciones cuyo alcance es de veinticinco o treinta años.

Algunos autores, como Juan Carmona[1], subdividen los héroes clásicos en dos categorías: aventureros o trágicos, cuando el componente fundamental de un relato es de uno u otro tipo, pues, aunque el concepto antiguo de héroe se limitaba a los que eran hijos de dioses y mortales, parece más adecuado clasificarlos atendiendo a una acepción más moderna del término, ligada a hechos y actos “heroicos”, que permite diferenciar, por ejemplo, un Aquiles de un Edipo.

  • Los héroes aventureros, como Aquiles, Eneas, Hércules, Jasón, Teseo y Ulises, presentan una serie de rasgos en común y sus historias llevan un importante sustrato ideológico que transmite la visión del mundo propia de la sociedad de la época.

teseo

( Teseo y el Centauro, de Antonio Canova, en el Kunsthistorisches Museum de Viena.)

Todos ellos representan valores arquetípicos, como la astucia o la fuerza, que los ha convertido en verdaderos símbolos o modelos de conducta durante generaciones.

Son personajes idealizados, modelos de belleza, juventud y fortaleza, que deben emprender un viaje durante el cual se verán sometidos a múltiples dificultades que pondrán a prueba su virtud, su valor, su fidelidad o su supervivencia. En ellas, se aprecian elementos de distinta procedencia: los amorosos propios de la lírica helenística, las descripciones de catástrofes naturales y tormentas propias de los tratados antiguos de ética, las descripciones de paisajes y países características de la historiografía o de las novelas hagiográficas, y los reconocimientos propios de las tragedias griegas. 

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(Orestes perseguido por las Furias, de William-Adolphe Bouguereau)

  • Los héroes trágicos[2] no son semidioses o  personajes provenientes de otra galaxia, sino seres humanos adornados con ciertas cualidades que les hacen elevarse por encima de los demás de su rango, siendo un modelo y ejemplo para ellos. Cuatro notas persisten en estos seres humanos “de carne y hueso”: soledad, constancia, dolor y fe.
  • El héroe aparece siempre en soledad a la hora de decidir, y es esa soledad la que agranda el  perfil de las decisiones. El héroe rechaza las presiones, se mantiene firme ante el mundo que le rodea, que a veces le considera necio: una vez tomada la decisión, que los demás muchas veces no comprenden, debe mantenerse en ella cueste lo que cueste.
  • El héroe trágico siempre es consecuente y ceder es intolerable. La constancia en la acción aviva su noción de independencia. Es sordo a las súplicas y los consejos, testarudo hasta el empecinamiento.
  • El dolor es lo que aporta el adjetivo de trágico a nuestro héroe, que lleva una existencia dolorosa, en un dolor que no tenga consuelo, ya sea físico o moral. Por extraño que parezca, en este dolor el héroe encuentra su verdadero ser, capta sus limitaciones, es consciente de su grado de coherencia y responsabilidad, aprende a conocer el entorno que le rodea y que le marcará de un modo u otro. El héroe valora lo que tiene y cuando va a perderlo lo pondera todavía más.
  • Profundamente religioso es el héroe trágico, pues parece conocer a la divinidad en el dolor. Cuando capta los designios divinos, comprende que su dolor puede tener sentido. La fe en los dioses da sentido a ese dolor del héroe y se trata, pues, de una especie de resignación a medio camino entre la rebeldía y la desesperanza.

El héroe trágico, generalmente, desconoce las consecuencias de sus acciones, hasta que, por ejemplo, llega un mensajero para revelar el verdadero nacimiento del héroe y esta verdad resignifica toda su historia. Su destino consiste en incurrir en la hybris, en la desmesura (a veces asociada al poder político) y, como consecuencia, padecer la metabolé (la inversión de la felicidad en desgracia), el giro en el guión por el que el héroe cae.

Es esta la situación en la que se encuentran, entre otros,  Edipo, Hipólito y Orestes. Los tres, como los demás héroes trágicos, están abocados a un final trágico, hagan lo que hagan es el destino quien decide su rumbo, y en dicho destino lo irracional tiene un papel determinante, que se manifiesta a través de profecías y sueños.

Junto a estos dos tipos de héroes, surge un tercero: el de los personajes históricos, cuya historicidad está fuera de toda duda pero cuya vida se ha visto “contaminada” con evidentes elementos legendarios. Es decir, son mitos con base histórica que se han convertido en símbolos aunque en su origen partan de una base real, verosímil y local.

Estos héroes históricos son la base de lo que Mircea Eliade llama mitos “agregado-mitoides”. Para comprenderlo, hay que partir de la diferencia entre mito y leyenda por lo que respecta a la trascendencia más universal del primero y más localizada de la segunda. Así, los héroes legendarios suelen ser de una escala menor y pertenecer a culturas concretas, tienen un origen real, verosímil y local, y, con el tiempo, pasan a convertirse en símbolos al ser mitificados y perder su verdadera personalidad. Es el caso de personajes como don Rodrigo, Juana de Arco, Alejandro Magno, César o Cleopatra.

 2. MITOS LITERARIOS 

El mito ha sido y es un gran nutriente literario[3] y tiene una enorme capacidad de adaptabilidad y de transferencia. Se puede transferir su esquema o algunos rasgos específicos que son continuamente reelaborados, produciéndose, pues, un proceso de tematización por el que los mitos se convierten en temas y en objeto de la literatura, volviéndose más complejos y expresivos.

Pero hay un segundo caso en el que un autor inventa de su entorno un mito; puede ser una invención total, sin recurrencia a nada de lo anterior, o bien que parcialmente recupere componentes de mitos anteriores (como por ejemplo, Fausto, que tiene algo de los mitos clásicos).

Cada país tiene una especie de imágenes míticas de personajes representativos de su literatura y de su cultura. Estas grandes creaciones del espíritu humano se parecen todas ellas en una cosa: en que no son tipos de la realidad, aunque infinitamente más claros y transparentes que los reales (como lo prueba el hecho de que conocemos mucho mejor a don Quijote que a nuestros familiares y a nosotros mismos). No son seres reales, pero sí las ideas “platónicas” de los seres reales: don Quijote es el amordon Juan el poder, Celestina el saber… pero, aparte de mostrársenos como la personificación de estas ideas, se supone que, por lo demás, son personajes humanos, que se mueven y viven y mueren en el mundo de la realidad, porque sólo la realidad cotidiana del mundo puede dar el necesario realce a la idealidad de estos grandes fantasmas literarios. Parece claro que estas figuras supremas son proyecciones del deseo o del temor o de ambos en la linterna de la imaginación y su grandeza se deriva de los problemas morales que personifican.

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(Ilustración Doré, para El Quijote)

Si las palabras son conceptos humanos que nos conducen hacia conceptos acerca de la realidad, los mitos que estructuran los relatos de ficción son igualmente humanas invenciones para aproximarnos a la verdad. El hombre, construyendo mitos literarios, se convierte así en un subcreador; es decir, mediante la creación artística imita al Creador (idea claramente perceptible en el Frankenstein de M. Shelley). Los mitos literarios no son, pues, simplemente ficciones, ni mucho menos pueden ser tachados de mentiras; por el contrario, reflejan siempre algún fragmento de la eterna verdad y aspiran a fondear en el verdadero puerto de la existencia humana.

Entre los grandes mitos literarios universales se sitúan héroes como Hamlet, Fausto, Raskolnikof, Robinson Crusoe, Drácula, Frankenstein, y nuestros don Quijote y don Juan.

En la actualidad, nuevos héroes de novelas modernas (el obrero, el personaje cotidiano del pueblo llano…), de la fotografía y del cine, han sustituido a los viejos dioses y héroes. Esperemos, sin embargo, que no sólo no hagan desaparecer a estos vestigios tan importantes de nuestro pasado, sino que no desaparezca nunca nuestra necesidad de conocerlos.

Notas:

Fotografía inicial. Fuente:  mythosyleyendas.wordpress.com

[1] Carmona Muela, J.: Iconografía clásica, Ed. Itsmo, Madrid, 2000.

[2] VV.AA.: El héroe trágico, en http://teatrogrecolatino.com/

[3] Brunel, P., (Ed.): Mythes et Littérature, París, Presses de l’Université de Paris-Sorbonne, 1994.

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3 comentarios en “Reflexiones sobre los mitos de héroe

  1. Muy interesante leer esto. Conocer más a Don Quijote que a muchos familiares o “amigos” nuestros es una verdad como un templo, pero también es una gran verdad que los libros son, en contadas ocasiones, más amigos que nuestros supuestos amigos y los conocemos desde hace más tiempo.

  2. Desde hace algún tiempo estudio por simple curiosidad y pasión a uno de los mitos más significativo y que más adeptos ha creado en los últimos dos mil años: Cristo. Se trata de un mito religioso en toda regla. Cristo (el ungido en griego) fue creado por uno de los mejores teólogos de todos los tiempos, Pablo de Tarso, aprovechando un momento de especial desorientación para los judíos. Después de la guerra contra los romanos (del 66 al 73 d.C.), estos arrasaron con el Templo de Jerusalén y con este, el sitio más sagrado para los judíos, el Sancta Sanctorum.
    Lo curioso de este caso es que el mito de Cristo se crea a partir de la figura humana de un maestro fariseo:Jesús de Nazaret, del que tampoco tenemos constatación histórica de su existencia. Y si alguien sigue creyendo que Jesús creó una religión está equivocado. La teología de la religión llamada católica apostólica romana, la cristiana, la creó Pablo de Tarso con sus cartas.
    El mito de Cristo tiene todas las características: nacimiento como rey, desconocimiento de su niñez, soledad en el desierto con la lucha con su contrario saliendo fortalecido, su vida pública con milagros y un final trágico.

    • Excelente tu aportación, Alfonso, con la que no puedo estar más de acuerdo. No debemos olvidar que lo que ahora consideramos “mitología” fue, en su momento, religión: el conjunto de creencias de una comunidad que buscaba en ellas la manera de explicar el mundo ante la inexistencia de respuestas científicas. Por ello, la religión judeo cristiana se basó en esas otras “mitologías” existentes en su entorno, por ello toda la primera parte de la Biblia es de carácter mítico (la creación, el paraíso, el diluvio, por citar sólo algunos ejemplos que se repiten en distintas culturas) y por ello existen también en ella esos personajes que hemos definido como “mitos etno religiosos”: el dios creador y los héroes. como Sansón o el que tú tan acertadamente apuntas: Jesús de Nazaret.

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