Metáforas de la basura.

Metáforas de la basura. Por Javier Barrio.

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La huelga mantenida por los empleados de la limpieza en Madrid hace unas semanas hizo visible y comprensible para todos la metáfora: Madrid es un basurero; España es un basurero; el mundo es un basurero. Montoneras de desperdicios generados por un ser humano cada vez más voraz y ávido de consumo se acumularon durante varios días en las calles, en los parques y en las plazas de la capital de España. Olor a orín y putrefacción (tan comunes, por otro lado, en todas las épocas del año, haya o no huelga) envolvió la atmósfera, se mezcló con el aire y lo hizo pesado e irrespirable. Las ratas comenzaron a asomar, a perder la timidez y a preparar el asalto a unas calles convertidas en jugoso y suculento banquete. Pero no es esa, desgraciadamente, la única basura entre la que hemos de sobrevivir; los detritus tan visibles aquellos días de huelga en la superficie de la ciudad, son una anécdota, una circunstancia más de un tiempo lleno de extrañas circunstancias. Fueron un mero detalle de una realidad más compleja y oscura: todo el mundo actual, en sus más diversos aspectos y lugares, ha sido reducido y convertido en eso: en un basurero, un enorme y gigantesco vertedero. Mundo Consumo, tituló Zygmunt Bauman a uno de sus ensayos; Mundo Basura, podría ser el continuador lógico del ensayo citado. “Modernidad líquida” es una de las expresiones acuñadas por este pensador para describir el tiempo de hoy; “Modernidad en descomposición”, podría ser otro término que contribuyera a describir ese mismo tiempo. Y es que la red metafórica de la basura es extensa y rica, muchas son las caras de nuestro mundo y de nuestra sociedad que se arriman a dialogar con los desechos, la basura y el estiércol.

Tal el hombre, que convertido y reducido a la categoría de recurso es evaluado, en una nueva versión de las subastas de esclavos, contratado, exprimido y luego arrojado por las llamados “Áreas o Departamentos de Recursos Humanos”. Si el individuo es un recurso, entonces está destinado a acabar donde acaban los recursos cuando han sido debidamente explotados y aprovechados: en el basurero. La condición de recurso anuncia su potencial condición de desecho. No será nuestra muerte el único momento en que nuestra materia se corrompa y descomponga, ya varias veces los nuevos profetas de nuestro tiempo, los jefes y directores de “Recursos Humanos”, nos habrán subastado y convertido nuestro cuerpo en una materia condenada a ser el pasto de los gusanos.

Tal también la basura y los residuos ideológicos, los sistemas de control y vigilancia que han logrado que las ideas, el arte y la cultura sean sustituidas por la basura mediática, la basura de la propaganda y la de la manipulación. Barrenderos de cuanta aspiración bella pugnó en el pasado por abrirse paso y permanecer, las elites poderosas han arrinconado en un silencioso contenedor de residuos las voces y los espíritus que se desvelaron en la búsqueda de la verdad. Comenzando por el sistema educativo, colegios, institutos y universidades y finalizando por los medios de comunicación, la basura del poder ha ensuciado las conciencias de una ciudadanía domesticada y sentada en la poltrona de sus casas y sus pequeñas miserias cotidianas, dejando un olor fétido insoportable a su paso para aquellos que aún conservan el sentido del olfato intacto y son por ello aislados y arrinconados o catalogados como locos y alucinados. Respiras un segundo y te aturde el mal olor, te mareas y sientes desfallecer apenas has escuchado dos minutos de radio, leído dos líneas en un periódico, navegado dos segundos por la red. La telebasura, emblema del empobrecimiento, lleva en la propia raíz de la palabra su mal escrito. La basura cibernética es, desde hace unos años, la última planta de estos residuos ideológicos contra los que no parece haber ya antídoto posible.

Tal nuestra geografía, basurero de ladrillo y hormigón; la geografía de los países miserables del sur, basurero de miseria donde rondan los buitres esperando su ración diaria de carroña; nuestros ríos, basurero donde las industrias purgan sus desperdicios gratuitamente, sin ningún coste; nuestros mares llenos de petróleo y residuos químicos; tal también los basureros nucleares, cuando aún resuenan los ecos de la disputa entre varios alcaldes de distintos pueblos, iluminados inquilinos de un cargo que a fuerza de necedad, estulticia e incompetencia han convertido también en algo sucio y hediondo. Se disputaron estas lumbreras la construcción del peor de los basureros, aquel que recoge y guarda los residuos de las centrales nucleares y cultiva en la matriz de la tierra la semilla del mal, la esterilidad y la destrucción totales. Basurero que deviene en cementerio, terreno abonado con veneno y que se precipita hacia la nada.

Si como dijera Valle-Inclán a comienzos de siglo, la realidad de España solo puede ser contada a través de una estética de la deformación y la caricatura, podríamos  atrevernos a decir ahora que la España del siglo XXI ha de hacer de la basura y de todos sus derivados el gran símbolo, la gran metáfora con la que ir construyendo la narración de sus actuales desgracias. Así lo ha hecho Rafael Chirbes en su última novela, En la orilla, donde todo se refleja en un pantano y un marjal de la zona de Valencia donde todo es arrojado y se almacena: desperdicios, escombros, basuras, hasta los restos humanos de un naufragio en el que todos hemos perecido. El pantano con sus aguas estancadas y podridas, símbolo de la muerte, la corrupción y la podredumbre, espejo donde mirarnos para ver que nuestro reflejo es opaco, turbio, sombras entre la ciénaga y el limo. Mosquitos y ratas son los únicos pobladores que campean a sus anchas por el fondo y la superficie del pantano que es nuestro país. Y las enfermedades se extienden con rapidez también por sus aguas.

Una canción del grupo granadino Los Planetas dice “montañas de basura y un beso de cordura…” En las montañas de basura de aquellos días en Madrid y en el resto de montañas reales y metafóricas del mundo ni hay beso ni hay cordura. No, tampoco eran la montaña de basura de la serie Fraggle Rock con la que los niños de mi generación cantamos, bailamos y aprendimos. Son montañas de basura que nos han sepultado, nos privan del oxígeno y hacen que la rosa sea un resto maloliente en descomposición y el hombre un recurso desechable una vez que ha sido utilizado. La alcaldesa de Madrid, Ana Botella, dijo durante aquellos días que no existía un problema de salud pública y que la ciudad no estaba sucia. Acostumbrada a vivir entre basura y a caminar entre sus recovecos, la fuerza del contacto provocó la metamorfosis y, claro, ¿qué iba a decir la basura de sí misma?

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Un comentario en “Metáforas de la basura.

  1. Pingback: La Ametralladora: más que una revista cultural | Pongamos que hablo de Madrid

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