La cuestión de la identidad. ¿Quién soy?

La cuestión de la identidad. ¿Quién soy? Por Javier Barrio González.

van gogh

No sé quien soy, exclamó Vincent Van Gogh y de ese dolor salieron estrellas que son nenúfares y nenúfares que son estrellas, las identidades rotas y escindidas, quebradas y resbaladizas. ¿Quiénes somos realmente, lo sabemos? El problema de la búsqueda de la identidad que apenas se ha encontrado ya se ha perdido nos ha acompañado a los seres humanos a lo largo de toda nuestra historia. La pregunta por nuestra identidad aparece tarde o temprano, llama a nuestra puerta de la conciencia con mayor o menor intensidad en cada caso y en cada momento, pero llama. “¿Quién soy?”, me pregunto yo ahora mientras escribo estas líneas, “¿qué queda del que fui, por ejemplo, cuando estudiaba en la Universidad y aún vivía en la ciudad en la que nací? ¿Soy ahora el mismo de entonces o soy otro?” Miro atrás y me estremezco al pensar en la posibilidad cierta de no reconocer ya a aquel “yo” que entonces se sentía seguro de ser quien era. ¿Soy el mismo de ayer, seré el mismo aún mañana? La pregunta por la identidad nos llega con superficie de espejo.

En un cuento titulado Dos Imágenes en un  estanque, de Giovanni Papini, el narrador nos cuenta en primera persona cómo se ha detenido en medio de un viaje en la ciudad donde estudió hace siete años. Va recordando los lugares por donde pasaba hasta llegar a la casa donde vivió para entrar en el jardín y sentarse al borde del estanque donde gustaba de mirar su reflejo todos los días. Allí ve, entre la turbiedad del agua, su reflejo. Pero el reflejo de otro rostro lo acompaña, el reflejo del que fue siete años antes, de su “yo” pasado juvenil. Cuando mira a su derecha allí lo ve, sentado con él, haciéndole compañía. En los días que suceden a este encuentro las dos identidades, la pasada y la presente, conviven y charlan. Se cuentan cosas como dos desconocidos deseosos de saber cada uno del destino del otro. Pero con el paso de los días la relación se oscurece, se enturbia como las aguas del estanque: el individuo presente no soporta al pasado, el adulto reniega del joven que fue, se avergüenza de sus ideas, le parecen ridículos sus pensamientos y sus comportamientos. Cansado por tal situación, una tarde decide sentarse de nuevo al estanque con su otro “yo” junto a él. En un descuido lo agarra por el cuello, lo sumerge en las aguas y lo ahoga. No se reconoce, no sabe quién es, ni quién fue, ni quien será, el muro que lo separaba de su identidad pasada ha sido imposible de derribar. Así nos ocurre, miramos una foto, intentamos desplazarnos al lugar y a los hechos por la imagen representados, pero somos incapaces de ver al que fuimos como alguien idéntico a nosotros, como el mismo que mira la imagen. La escisión es angustiosa, dolorosa, la salida muchas veces el asesinato, como el personaje del cuento de Papini.

Así también el comportamiento de Wakfield, personaje del cuento del mismo nombre de Nathaniel Howthorne. Wakfield se va unos días de su hogar, dejando sola a su esposa para gastarle una pequeña broma, alquilando un apartamento en una calle muy cercana. Y veinte años después aún no ha vuelto. Al comienzo se pone una peluca roja, se compra otra ropa y en palabras del narrador: “Ya está. Wakfield es otro hombre.” No vuelve porque de pronto deja de saber quién es realmente, pierde su identidad, se desmorona su mundo de certezas y zozobra su personalidad. Su respuesta es la inacción, deja pasar el tiempo sin más: veinte años. En un momento álgido del relato, los dos personajes se cruzan en la calle entre el gentío y se rozan, sin querer, las manos. Entonces ambos, esposa y marido, se miran a los ojos, mas ella no le reconoce. También desde la óptica de la mujer Wakfield ya no es Wakfield. Es, por otra parte, en el abigarrado cosmos de esas grandes ciudades como Londres, donde los hechos acaecen, donde podemos sufrir aún más este desgajamiento del “yo”, esa pérdida de la identidad, donde la ruptura con los vínculos afectivos del mundo familiar y comunitario pueden condenarnos a la soledad y el desarraigo hasta no saber ya quiénes realmente somos.

La polisemia de este relato lo convierte en inagotable, no hago sino proponer una pequeña mirada.

Esto mismo les pasará a los personajes del mundo narrativo de Kafka, o a ese Bartleby el escribiente, de Melville, que de pronto siente que no tiene ganas de seguir con su trabajo ni con su vida, con el “yo” que hasta ese instante ha sido, y se va abandonando. Máscaras, dobles, proyecciones imaginarias, son diversas los comportamientos de los héroes de algunos relatos de Borges o de Cortázar para intentar resolver el problema de la identidad, ese enigma profundo. “Permitidme que, por el momento me llame a mí mismo William Wilson.” comienza diciendo el narrador de William Wilson, de Edgar Allan Poe. En este relato la confusión de identidades llega hasta la misma muerte, como en Morelia, también de Poe.

En La muerte de Ivan Illich, la conmovedora novela de Lev Tolstoi, el personaje, condenado ya a morir por su enfermedad, se dice a sí mismo: “¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?” Poco después piensa: “Pero si es así, si salgo de la vida con la conciencia de haber destruido todo lo que me fue dado, y es imposible rectificarlo, ¿entonces qué?” Deja un eco inquietante y doloroso la pregunta, que nos pone ante el abismo, “¿entonces qué?” Se arrepiente, en el instante último de la verdad, de haber sido quien ha sido y haberse comportado como lo ha hecho. El examen de conciencia del moribundo no hace sino enfrentarle de nuevo a ese problema de la identidad, el Ivan Illich que muere no es los sucesivos Ivan Illich que durante su vida no se han preocupado de lo esencial, sino de ir ascendiendo e ir acumulando cargos, honores y riquezas para satisfacer su vanidad y la de su esposa. La muerte vendrá en forma de luz cuando Ivan Illich perciba el calor de la mano de su hijo, y lo mire, a él y a su mujer, los vea de pronto con nuevos ojos y se apiade de ellos y descubra finalmente que en los otros estaba la salvación y el camino para encontrar a los individuos que verdaderamente somos.

Vienen a mi mente ahora también, para ir finalizando, unos versos de Juan Ramón Jiménez:

“Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.”

Hombre, poeta, recuerdo, imagen, todas las identidades se mezclan y confunden en un “yo” que se transforma en la alteridad de un “tú” al que vemos distante y distinto. No sé quién soy, decía Van Gogh, no sé quién soy, añado yo. Al que un día disfrutó de mi juventud en ocasiones lo tiraría al estanque de Papini; otras lo abrazaría con fuerza para que no se perdiese en la bruma de lo desconocido, de la incertidumbre y del olvido; las más de las veces lo miro en el recuerdo de alguien que un día fui, pero al que ahora ya no reconozco y del que dudo de si realmente existió. Habrá de ser el espejo de los otros, padres, amigos y hermanos en el que habremos de buscar una imagen de nosotros mismos reconocible e identificable. Para que nuestra pobre existencia no nos sea completamente ajena y desconocida.

Anuncios

2 comentarios en “La cuestión de la identidad. ¿Quién soy?

  1. Debemos abrazar a los niños que fuimos porque somos lo único que tienen y ellos lo único que tenemos nosotros en esta inmensa soledad que es el mundo. Eso, al menos, dicen los psicólogos. Por muy ridículos que nos resulten, debemos intentar comprenderlos, entender las circunstancias en las que crecieron, porque, aunque los rechacemos, aún forman parte de nosotros y salen cuando menos te lo esperas, y vuelven a ser ridículos y tienen pataletas y nos dominan a pesar nuestro. Hay que quererlos. Aunque los sintamos lejos, los niños y jóvenes que fuimos están más cerca de lo que parece, justo a nuestro lado, sentados frente a un lago, por ejemplo. Qué fuerte, estaba acordándome del relato de Nathaniel Hawthorne justo cuando lo traes a colación en el artículo. Qué gran tema. Inagotable… Mis felicitaciones, señor Javier Barrio.

  2. ¿Existe una identidad única que se pierde con los años? Más bien diría que somos lo que somos por lo que fuimos. Da igual lo que diga la psicología, es decir… ¿Qué tiene este yo desconocido que te hace recordar tu yo pasado?
    Se podría pensar que hablar de una identidad es tener una concepción finalista… Asusta reflexionar sobre estas cosas.

    Precioso Javier.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s